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Aguilera

Luis Aguilera

escritor

Ha publicado en diarios y revistas, regionales, nacionales e internacionales. Su extensa labor la ha canalizado en los géneros de, crónica, critica, ensayo y narrativa, mereciéndole ser incluido en varias Antologías.
Se desempeñó por muchos años como crítico y cronista literario en un sinnúmeros de diarios del país: El Día de La Serena, La Región, La Tarde, El Siglo, El Ovallino, El Regional, Semanario Tiempo, y otros. Sus compromisos literarios los ha presentado y publicado en Argentina, Cuba, Uruguay, Suecia, y diferentes ciudades de Nuestro País, ferias del libro, programas radiales. Creó la revista político Cultural «Vamos a Andar» sesenta ediciones con una tirada cuatrocientos ejemplares.
Co-fundador del Colectivo de Escritores Jóvenes «Bahía de Guayacán», que se constituyó como base fundamental para el desarrollo de la Generación del 80′ «Café Tito’s» y que posteriormente dio origen en la ciudad de Coquimbo a la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), Filial Gabriela Mistral, Región de Coquimbo (Mayo 1986). Ocupando posteriormente los cargos de: Secretario de Finanzas, Secretario General, Vice Presidente y Presidente(1995 1999).responsabilidades asumidas durante 1985 – 2008.
Conductor del Programas Culturales de: Tele Norte, «Viaje Literario»; Thema Televisión, hoy Cuarta Visión, «Esperando el Tren», que a la fecha cuenta con más de ciento veinte capítulos de una hora de duración producidos. Hoy es conductor del programa: Dos horas de recuerdo en la «Radio Pinamar», del sector Norte de las Compañías y televisivo «El Andén de los Sueños», www.canaliterario.cl, vía Internet y retransmitidos por: Canal 5 de Los Vilos, Canal 4 de Canela, IV Región.
Productor y coordinador General de los «Encuentros del Mundo de La Cultura». Trece versiones (1987 – 2008), que convoca en nuestra ciudades a escritores nacionales: argentinos, brasileños, cubanos, puertorriqueño, venezolanos, españoles, mexicanos, uruguayos, paraguayos, Suecos, canadienses, costarricenses, franceses, bolivianos, peruanos, rumanos, norteamericanos y noruegos.
Sus Publicaciones, son extensas de las cuales podemos nombrar: «Crónicas Literarias» (1985-1986); 1993 primer libro publicado Impreso por el Departamento de Publicaciones- Universidad de La Serena. Chile. «Las Corbatas También Lloran», (2001). Impreso por Soc. Editorial del Norte Ltda. La Serena, Chile «La Casa de Las Gaviotas», 2002; Impreso por Soc. Editorial del Norte Ltda. La Serena , Chile «El dueño de la Hora y los Duendes Transparentes» (2003) Impreso por Imprenta Silva, Coquimbo, Chile Libro ganador del Tercer Concurso del Fondo Editorial Essco 2003,
«El ancho camino de la desolación» (2003) Impreso por Departamento de Publicaciones de la Universidad de La Serena, Chile «Un Adiós en el aeropuerto de la Habana», (2007) Ediciones Leutun, Santiago, Chile.
Libros Inéditos: -«La Noche que él Ruco Quebró La Luna», «Yemayá, La Virgen del Mar de Baracoa»;-«El Andén de los sueños» Libro Inédito que se encuentra pronto a publicar: «Texto que reúne 13 cuentos inéditos. Ganador del Concurso del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, Fondo del libro, línea Fomento Creación Literaria 2007- Escritores Profesionales.
Incluido en las siguientes Antologías:
-«La Fiesta Del Escriba» (1999) Antología de Narradores Región de Coquimbo Editorial Diaguita, Autor Yair J. Carvajal. Coquimbo, Chile; -«Cien Poemas de Amor y Lucha por Gladys Marín» (1999) Comité de Escritores de Izquierda, por la Candidatura a Presidente de Chile: Gladys Marín; Editorial Pobeta; Santiago de Chile 1999, -«Estigmas de luz» (2007) Antología del -Círculo de Narradores- «Paso del León» Primer encuentro Internacional de Narradores en Villa Dolores- Córdoba- República de Argentina, «Antología» IV Encuentro Internacional de Arte y Cultura Melipilla – Chile 2007: -«Antología, «El Lugar de La Memoria» (2008) Poetas y Narradores Santiago de Chile; -«Antología», 2008. IV Encuentro Internacional de Escritores y Poetas, Tinogasta – Catamarca – Argentina; «Antología», 2008. 1º Encuentro de Escritores «Andalgalá, Pucará de las Letras», Catamarca – Argentina

En la actualidad es: Miembro del Directorio Nacional de La Sociedad de Escritores de Chile: Periodo 2008 – 2010 (Elección del 19 de Abril del 2008); y Presidente de La Sociedad de Escritores de Chile (SECH), Filial Gabriela Mistral de la Región de Coquimbo, Periodo 2006 – 2008; Reelecto Presidente con la primera mayoría; Periodo 2008 -2010, en elecciones realizadas el 31 de Mayo del 2008, La Serena – Chile

En estas oportunidad presentamos dos cuentos inéditos del autor, pertenecientes a la
serie “Andacollo, Tierra de Magia” , de próxima aparición. Los cuentos se desarrollan en el escenario de la Ciudad de Andacollo, que es la Sede de una tradicional e Histórica Fiesta Religiosa , en la Cuarta Región de Chile.

Las Fotos de la Fiesta, pueden verse en la Sección : “Fiestas Religiosas” , de esta misma Web.

Las Fotografías fueron tomadas por Pablo Marcelo Siquiroff, en el transcurso de la Fiesta de Andacollo.

Luis E. Aguilera
Director Nacional
Sociedad de Escritores de Chile
Presidente
Sociedad de Escritores de Chile (SECH),
Filial Región de Gabriela Mistral-Coquimbo
Fonos (56-51) 227275 (56-51) 243198
Celular 90157729
luiseaguilera.57@gmail.com
luiseaguilera02@gmail.com
www.luiseaguilera.blogspot.com
La Serena – Chile

Andacollo, tierra de magia

La Noche que el Ruco Quebró La Luna

Cuento

“El pasado aparece siempre convocado por el presente, como memoria viva del tiempo nuestro.
Este libro es una búsqueda de claves de la historia pasada que contribuyen a explicar el tiempo presente, que también hace historia, a partir de la base de que la primera condición para cambiar la realidad consiste en conocerla.
No se ofrece, aquí, un catálogo de héroes vestidos como para un baile de disfraces que al morir en batalla pronuncian solemnes frases larguísimas sino que se indagan el sonido y la huella de los pasos multitudinarios que presienten nuestros andares de ahora”.

“La venas abiertas de América Latina”
Eduardo Galeano

ANADACOLLO, TIERRA DE MÁGIA
La Noche que el Ruco Quebró La Luna
Túnel El Socorro – © Luis E. Aguilera

Corrección y Edición – José Pepe Sánchez

La Noche que el Ruco Quebró La Luna

“La muerte iba mandando y recogiendo
en lugares y tumbas su tributo:
el hombre con puñal o con bolsillo,
a media o en la luz nocturna.”.

La muerte en el mundo – XI
Pablo Neruda

A Luis Bonilla Meléndez, “El Ruco”.
Al desaparecido villorrio de Churrumata,
y al sufrido pueblo de Andacollo.

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Entrad, señor, comprad patria y terreno,
habitaciones, bendiciones, ostras,
todo se vende aquí donde llegasteis.
No hay torre que no caiga en vuestra pólvora,
no hay presidencia que rechace nada,
no hay red que no reserve su tesoro…

PABLO NERUDA
(De Canto General, “El camino del oro”)


LA NOCHE QUE EL RUCO QUEBRÓ LA LUNA

“Ruco” o “Cabezamaray”, era un hombre aniñado, de estatura normal y corriente, voltario, ingenuo, embolinador, de hombros espaciosos, de clara mirada, frente firme y dentadura pareja. “Pelo chuzo”, barba “candado”, incipiente, estilo egipcia; su ancha compostura cubría, como la arena numerosa, los yacimientos de la tierra. Tez bronceada por las resplandecientes madrugadas de Andacollo, ha sido colega del barreno y los cartuchos de dinamitas. Su musculatura corpulenta, fue moldeada a fuerza del macho, picota, cuña, el capacho, la llauca, el apir y el trabajo duro.
Se fue curtiendo macheteado en uno y mil oficios. De hecho, quienes le conocieron bien, señalan que ha sido: alfarero, minero pirquinero, marucho-cordillerano, cazador errante, albañil, poeta, buzonero, meico-yerbatero, rifador, artesano de tomo y lomo, cantante, apostador compulsivo, campesino -cuando las cosas se ponían difíciles y la comida escaseaba-, comerciante, y reservado, en la mayoría de las veces, como un hechicero.
Se ganó este acreditado mote por el resto de sus días “a grito pelado”, entonando “Cuando vivas conmigo”, de Luchito Barrios y “Cucurrucucú Paloma”, de Cuco Sánchez; encaramado en una mesa del restaurante de doña Chela. Al terminar la canción los parroquianos le celebraban con gritos, aplausos, golpes escandalosos en el piso, los tableros, o haciendo sonar las botellas con los cuchillos, tenedores, y cucharas. Porque El Ruco no podía pronunciar bien las sílabas a sus escasos ocho años de edad; se le enredaba la lengua y en vez de decir “Cucurrucucú”, decía “Ruco-curú Paloma”. Desde esos lejanos días, todo el mundo lo identifica así. Su padre que también tenía dotes de trovador, la emprendía con la misma paya de siempre:

Brindo por la punta del choro.
Y por el barbón de la lapa.
Y este vaso hasta la tapa.
Por el amor que yo imploro…

El Ruco, extrañaba a su padre y lo recordaba permanentemente -con una respetable devoción-, en cada una de nuestras conversaciones. Su sonrisa es fiel, sincera; lo que, sumado a su desinteresada generosidad, le hace ser uno de esos personajes inolvidables, amigos de sus amigos. A tal punto, que si veía que a algunos de ellos lo estaban golpeando, se transformaba en un torito prosudo, sacaba la quisca y se metía en la pelea, sin -tener arte ni parte-; ni preguntar si su “hermanito” tenía la culpa o no; de esta manera, salió en numerosas ocasiones herido y magullado.
Cuando todos nosotros nos reuníamos en torno al Ruco, se provocaban sensaciones indescriptibles, porque se desbordaba en un río de anécdotas, donde él era el protagonista principal. Nos mantenía atentos, sobresaltados, por largos e interminables minutos y si uno le preguntaba que si todas esas leyendas que nos contaba eran ciertas, afloraba una sonrisita maliciosa y escurría el tema tratado con otra exquisita historia, absolutamente alejada de la pregunta, pero no por ello, menos interesante… “La geografía -nos explicaba- envuelve a Andacollo y toda la región, incluyendo sus quebradas, bolsones, sistemas montañosos conformados en una sola dirección, que son especiales para la mentalidad primitiva: Duendes, curcunchos, alicantos, chonchones, piuquenes, chivos, víboras de dos cabezas, que fueron creando mitos y leyendas que aún hoy en día, siguen vigentes en la imaginación de mis coterráneos…”
Nació en Churrumata, su querido y sepultado Churrumata. Parido en su propia “Rancha”, asistido a la hora del parto por doña Virginia, partera oficial del pueblo, quien concurrió a cada uno de los nacimientos de sus seis hermanos: La Juanita, la Yeka, el Ángel, la Gloria, la Julia y el Carlos. Hay murmullos de rebeldía en la joven mujer -no se asusta con la pobreza o por no tener una chaucha, le preocupa sí, que sus chiquillos anden sin zapatos-. Es desenvuelta, se las arregla por si sola en los quehaceres del hogar, después de cada uno de los nacimientos en el piso de tierra de su habitación; más tarde, el sol, el polvo, las vinchucas y la soledad más absoluta es inmensa.
El Ruco, mezcló en su carácter la picardía del minero, la extrema devoción a la virgen (Nuestra Madre de Andacollo), como solía manifestar con firmeza y recogimiento. El moreno guaina dio cuenta de su rebeldía en el parto mismo, al orinar con un chorro crecido a quien tuvo la misión de extraerlo de las profundidades mismas, no recibiendo precisamente bendiciones gloriosas de doña Virginia.
Su madre fue siempre una mujer fuerte, decidida, de un carácter puro -dignidad y amor-, supo salir adelante junto a su numerosa prole. “Los ojos de mi madre eran tan bellos -nos dijo El Ruco-, sus manos ágiles amasando la fraternidad del pan para todos nosotros, que se hacía demasiado escaso en el ocio de un nuevo día”. En la cocina de la resistencia, con su fogón mustio, hace de padre y madre de una sola vez, desde que doña María del Correo, con su caminar “rengueado”, les trajo ese fatídico día la noticia -como una mensajera de la muerte-: “Niños vengan junto a su mamá, que tengo algo importante que comunicarles”.
Yo aún recuerdo esas palabras que siguen tamborileando en mi cerebro: “¡Doña Normita, su…, su… marido…, su…, su… marido, tuvo un accidente…, fatal…, ha muerto!…” Desde ese tiempo hay un mutismo desolador, subterráneo que nos empantana de miedo; se quedó como pegado a las paredes de la casa y mi madre camina más silenciosa que nunca por los diferentes vericuetos de la casa…
El papá del Ruco encontró la muerte en un pique de ochenta metros de profundidad; abajo en sus matrices, quedó su humanidad, como la de tantos otros mineros muertos de Andacollo. Algunos dicen: “Yo escuché una voz que venía desde el fondo estrecho del pique, como de un útero infernal. Y después asomó arriba como una rara criatura sin rostro, una máscara polvorienta de frío, sangre y de partículas; despareciendo a continuación para siempre: “Que esto ocurrió en el sector de Agua de León”. “Que se resbaló.” Es lo que siempre escucho, desde que se quedó huacho. ¡Tal vez, fue así! ¡Tal vez, no! Pero nunca se supo con certeza lo que realmente ocurrió aquella mañana. Como pasó a tantos otros pirquineros: Porque se le quedó un tiro, o porque los pininos -pilares de los socavones-, cedieron y soterraron la mina. “Es la muerte que ha existido siempre en los montículos, despeñaderos, piques y agujeros”, musitó nuestro común amigo.
De su padre, este mestizo-arábico, heredó el tesón para transitar las tristezas de su pueblo, junto a una “donosa chey” por los caminos de la noche. Sacrificándose, en aquel tiempo, hizo guatear la oscuridad de los burdeles, como con un fuego abrasador, oculto antes de la aurora. Eternamente se acordó que había nacido en las gravillas arenosas, creció sin voz, descubrió callejones sin salida y encrucijadas de esta sufrida existencia. Aquí, de igual forma, encontró de sopetón el amor. Su primer afecto, esquivando a la “parca”, cantando, combatiendo, pero aún hoy todavía quedan fragmentos de muerte y desamparos melancólicos. Enterraba a sus amigos en el campo santo, con ceremonias fúnebres sin pasos.
«Mi madre -evoca El Ruco-, llegó a Andacollo con sus abuelos, para la crisis del salitre del ‘32, cuando el nitrato sintético inventado por los protervos alemanes logró eclipsar la industria salitrera criolla. Por tales circunstancias, venían de San Antonio de Zapiga, Peña Chica, Santa Rita, La Coruña, Victoria, Humberstone, Mapocho, Ricaventura, Paloma, Pan de Azúcar, Piojillo, Chacabuco, San Pedro y Sebastopol, terriblemente derrotados. Eran fríos hilos de láminas invisibles sus rostros; cinturones de dudas arrancadas de cada una de las mujeres; desamparados, con sus bultos, maletas, cajas de maderas terciadas y cartón; sus raciones de alimentos miserables y la chorrera de “críos” a cuestas, sin un “cobre” en los bolsillos. Aquellas familias calicheras arrancaban del norte grande en verdaderas hordas tratando de encontrar el sustento para sus familias y sus compañeros de infortunios. La muerte de los pueblos fue como siempre ha sido, como si no muriera nadie».
El rostro del “Cabezamaray” se pone desconsolado y le viene de un solo porrazo la nostalgia. Su hablar se torna pausado, toma el vaso que sostiene en sus manos, bebe el líquido oscuro de una sola vez y prosigue: «En Andacollo, la muerte era la que iba mandando, recogiendo almas en lugares y tumbas… Andacollo vivió por muchos años -mis amigos- un poco sólo. A pesar de dominar la “Ley Semiseca”, era permitida la venta de cervezas, aunque tampoco faltaba la caña de vino, pisco y el guachucho del Valle de Elqui, que llegaban en damajuanas de quince litros. Estos deliciosos mostos, eran acompañado de un buen carneo o causeo de patas con cebolla, queso de cabra y aceitunas.
»Los paisanos más antiguos de Andacollo, habían recibido con mucha desconfianza a los forasteros; porque para aquel tiempo, la gran pobreza que padecían los nortinos los obligó a un éxodo masivo hacia este pueblo; pero pronto se adaptaron al nuevo ritmo impuesto por las circunstancias. Se instalaron nuevos locales comerciales y los antiguos comenzaron a vender en un mes, lo que antes en un año. »
Todos los “Cofradianos” que nos encontrábamos alrededor del Ruco, lo mirábamos expectantes, esperando que continuara con sus narraciones… Luego, sacaba un cigarrillo “Cabaña rojo”, lo suavizaba con sus dedos agrietados lentamente, lo prendía, aspiraba el humo perezosamente; porque sabía que le llenaría sus pulmones de tizne, miraba a la distancia, como esperando una respuesta que nunca llegará, y continuaba: «Mi abuelo fue el que ayudó a improvisar campamentos, que después se fueron transformando en poblaciones.
»Hay que agregar, igualmente, que la ley de lavaderos de oro también permitió la destrucción de las quintas y jardines. ¡Hay que reconocerlo! Se inauguró así, de alguna forma, “La Fiebre del Oro Chileno”, cada uno de los improvisados mineros se empeñó en conseguir el codiciado metal, no importándoles muchas veces el modo para lograr su objetivo. Quince mil mineros ocuparon este pueblo, que por entonces tenían unos ochocientos habitantes. Tenían que buscar en los lugares que no habían sido explotados. Las autoridades del segundo gobierno de Arturo Alesandri Palma, El León de Tarapacá, repartían cuñas, bateas, y barretas. Los fieros pampinos destruyeron los patios sombreados y las escasas huertas de Andacollo. En la generalidad de las veces se componían grupos de noventa o cien pampinos y, a la hora cantada, bajo las órdenes de los “Pacos a caballo” ocupaban las más tranquilas pertenencias, rompiendo la tierra, para así poder seguir viviendo.
»Entre el año `32 y el `38, Andacollo perdió toda su tranquilidad. Los espontáneos mineros cambiaban su oro diariamente en las oficinas del lavadero, lo que además les permitía gastarlo a manos llenas y abundantes. Por los cuatro costados, las pircas de materias primas que transportaban, en su interior, los interminables besos de las piedras, que iban naciendo de las uñas ensangrentadas; bajo los dientes de las aristas de los piques, en el fondo, en sus matrices. Así quedaron sus huellas digitales marcadas a fuego en las herramientas. Muchas veces, los piques, que son muros en que una piedra se amarra con otra; como útero de cerrada minería, en las gradas, en las calcáreas subterráneas del oro, para alimentar el trepidar de máquinas que se van perdiendo al caer la tarde, es ahí, donde pierden fuerzas y nitidez. Son como un remolino de polvos amarillos que se renueva, escapando por las cuatro esquinas, quedando rápidamente atrapados en los callejones sin salidas.
»En las quebradas de Andacollo, aún se sienten los ruidos de cadenas y el quejido moribundo de las mulas que tiran los carros con grandes tesoros. Yo mismo, les aseguro haberlos escuchado. “Esta tierra, hijo, me decía mi abuelo, quiere matarnos, busca de día a sus víctimas y por noches la venganza.” Quienes transitan estos parajes cordilleranos, con el tiempo van orientando sus experiencias hacia sus propios sentidos, de esta manera se va incorporando un nuevo lenguaje, único, imposible de explicar. Nace así, el silencio, la quietud de las moles existentes hace millones y millones de años. Andacollo se convirtió en un pueblo de actividades violentas y pecaminosas: “De la santa prosperidad nacieron los burdeles, acompañados del estandarte de los veleidosos billetes arrimados”.
»Fueron prácticamente seis años en que el desorden incendió cada uno de los rincones. Los Cabaret, Casas de Citas, Remoliendas o Tolerancias, como las denominaban en el pueblo, tuvieron allí su auge por la demanda existente. El Cabezamaray confiesa que su abuelo siempre recordaba aquellos “antros de la perdición”, como solía llamarlos: “El Tofo”, “El KH3”, “Don Roco”, “El Rosedal”, que quedaba en la calle Serrano, “El Peral”, donde prestaba sus servicios una rubia teñida con agua oxigenada, gorda, llamada Remedios, que hizo furor con su rosado y descomunal trasero que era el blanco de las bromas macabras de los Pirquineros. Se comentaba que las niñas “Remedios” y “La Crespa Lucha”, tenían la capacidad innata de quitarles las penas a todos los mineros juntos de un pique y en una sola noche. Los Cabaret “La Pachurra”, “El Taconazo”, “La Chinatowm”, eran famosos por los servicios brindados allí por “La Chilena” y la “Negra Dolores”, estas chasconas ostentaban los mejores y más deliciosos pares de “tetas” del Norte Chico; estas meretrices del amor, causaron más de algún sifilítico dolor de cabeza o purgación a varios de ellos y a sus correspondientes esposas…
»Las opiniones de algunas señoras bienaventuradas de Andacollo, que acudían a la novena en la Iglesia chica, no se dejaron esperar y cuchicheaban a hurtadillas, que el pueblo había perdido definitivamente el tono suave de sus vidas piadosas y melancólicas, cobijadas bajo el amparo de “Nuestro Señor” y la “Virgen Morena y Milagrosa”.
»Estos “boliches”, al decir de las damas en cuestión, abrían a media mañana ofreciendo “Cerveza Floto”, traídas en camión desde La Serena, los mineros las pedían por metro, saco o a mesa cubierta. Todo ello, al son de las tristonas y lentas cuecas nortinas; valses peruanos de Chabuca Granda, boleros tenues de Los Panchos; las infaltables rancheras de Miguel Aceves Mejía, Chabela Vargas y Jorge Negrete, que hablaban de: amor-odio-engaño-traición- y que sonaban días y noches.» “Los gallos más duros del norte probaron allí sus estacas”, sentenciaba su abuelo.
En tardes solariegas, de reposo acostumbrado del medio día o de noches de luna, El Ruco juntaba a toda su pandilla y se dedicaban a observar, tras las calaminas, estos reductos del pecado y la perdición, abriendo sus sentidos a una todavía muy corta edad y de estas aventuras sumar puntos a sus haberes por cada lesera acometida.
En una oportunidad, en que un parroquiano que ocupaba los servicios amatorios de la “Chusca Remedios”, tenía desparramadas sus prendas de vestir por los rincones de la habitación, los pilluelos le hurtaron la enorme pilcha, “Calzón afranelado” de la profesional del placer, con el solo objetivo de exhibirlo, a cuanto transeúnte pasara a la Misa del Gallo.
En otra ocasión, un capataz de un pique, que disfrutaba de los “favores concedidos” de la “Negra Dolores” (y, si bien es cierto, estaban desnudos en sus empeños amorosos), el galán de turno, que no se había quitado los “calamorros” con el apuro biológico, ello sirvió para que El Ruco que le tenía ley, se sintiera encaprichado en el marullo, e ingresara sigilosamente a la pieza y procediera a atar los cordones de los zapatos en el cabezal inferior del catre de bronce. Después, quedaron a la laucha en la oscuridad, y esperaron…Grande fue la sorpresa del acompañante taciturno, al tratar de hacer una pirueta sexual y caer torpemente al piso de tierra; pasando a llevar la palangana y el lavadero de porcelana china, llenos de agua, mojándolo a él y a su acompañante, causando consecutivamente un formidable griterío y aplausos de los malandrines.
No salía de una y ya estaba embarcado en otra. Esbozaba una sonrisita y recordaba la paliza propinada por su madre, aquella tarde -no en forma injustificada, recalcaba. Todo se remonta a una brumosa y fría mañana, cuando se descubrió en el jardín de su casa un centenar de pollitos amarillos muertos; los dardos se dirigían al moreno de ojos blanquecinos. Ante el cúmulo de evidencias que lo incriminaban, no le quedó más remedio que entregarse voluntariamente, develando los hechos gráficamente y efectuando una reconstitución de los mismos en forma pormenorizada. Los acontecimientos sobrevinieron cuando El Ruco y su hermano Ángel armaron una “guerra de guerrillas”, naturalmente los soldados para tal conflicto bélico, eran los polluelos, quienes fallecieron en el fuego cruzado de uno y de otro bando. Contabilizándose un total de doce muertos y seis heridos que de lance en lance fueron sucumbiendo producto de las graves lesiones adquiridas en el campo de batalla. Como no los podían dejar diseminados por ahí, los colocaron a cada uno en las cajas mortuorias -latas de sardinas-, para darles cristiana sepultura, consecuentemente después de los correspondientes honores y el cristiano responso fúnebre.
Algunas veces, su abuelo regresaba con medio centenar de supuestos amigos de tomateras, para realizar una zandunga en la casa; las jornadas se prolongaban más allá de la media noche, libando un buen mosto, gloriado o pihuelo; coreando rancheras, payando, celebrando una nueva veta atinada que parecía auspiciosa, que a ojo de buen cubero sentenciaban que contenían “pepitas y clavos de oro…”, al 90%.
Cuando el viejo terminaba por emborracharse le daba la “zambada”, aburrido de sus compadres, tomaba su vieja escopeta de dos cañones laterales, un Winchester 44, traída desde el Puerto de Valparaíso, de lo cual se sentía muy orgulloso y cuidaba primorosamente como si fuese el más caro y excepcional de los regalos. Apuntaba detenidamente, el disparo retumbaba en todo Andacollo -siempre el eco de un escopetazo es más espectacular en aquellas serranías, porque rompe toda quietud-. La misma naturaleza después de un estampido parece que no es la misma, pasa a ser otra, tal vez por la cósmica intuición de que no habrá otra criatura con vida pisando los llanos cupríferos. Todo se alborota, y los conjuntos de pájaros, patos, gallinas, burros, cabras, y otras criaturas, explotan a la vez en desesperados aleteos y brincos. Descargaba, entonces, varios proyectiles, a diestra y siniestra, provocando la fuga horrorizada de todos sus camaradas, con varios perdigones incrustados en sus traseros. En semejante ocasión, uno de estos proyectiles hizo blanco en la bombilla eléctrica, dejando a la familia a oscuras por varias semanas y tuvieron que reunirse en torno a un “cacho de vela”.
El Ruco y su Abuelo conformaban una excelente pareja de baquianos que debían viajar en diferentes época a La Serena o a Coquimbo, para adquirir las provisiones necesarias del mes, de regreso eran seis kilómetros de cuestas entre montañas multicolores, con tendencias grises, verdosas, rojas; más inhóspitas que la oscuridad, el viento era algo así como manos de tenazas y cuchillas, queriendo agarrar el oro vivo. “El hombre -le conversaba su abuelo-, seguirá mordiendo el polvo, seguirá siendo tierra pedregosa, pero tan libre como es el viento”.
Cuando la gente subía a la montaña, quedaba conmovida ante la estrechez de sus cordones cordilleranos. Los afuerinos que encontraban a su paso permanecían sobrecogidos, no sólo por el paisaje, sino por las historias narradas por los lugareños que platicaban de aparecidos, desaparecidos, suicidas con la mecha encendida de la dinamita puesta en la boca o entremedio de sus piernas. ¡El tesoro que quedó enterrado cuando cayó al barranco con carreta y todo! ¡Que en los faldeos hay una gran mina de oro asentada -todavía se busca- que explotaban los Incas con ayuda de los Diaguitas!
Las hondonadas de Andacollo estaban llenas de historias conociéndolas a la perfección El Ruco; al pasar por los despeñaderos angostos, peligrosos, se comentaba que los espíritus buenos los vigilaban y protegían de la presencia del mismísimo “Malo”; el que se cruzaba por los caminos, medio “legañoso y bizcacho”, ofreciendo favores: “Practicar alguna alquimia para obtener la rendición de algún “amor imposible”; acaparar riquezas o, por una gran rivalidad, conseguir la ruina del enemigo”.
«El demonio, de apariencia y aspecto abominable, me asustó a mí, al abuelo y la tropa de mulas una noche; con sus ojos alumbraba todos sus alrededores más próximos… De pronto, sin mediar motivos, hubo como una tremenda “Tronadora” en todo el cerro, era como si se nos viniera encima el cerro entero. Nosotros solamente atinamos a ocultarnos tras unas grandes piedras. Esa fuerza telúrica hacia temblar las rocas. Mi abuelo se puso a rezar… y pasó “El Mandinga”, muy cerquita nuestro, como siempre, juguetón, con un ramillete de ruda azotando a diestra y siniestra, dejando un pestilente y profundo aroma en el camino; arrastraba cadenas, vestido con un riguroso “terno” negro, camisa blanca, su dentadura atiborrada de oro macizo que brillaba desde lejos en los boquerones donde estuvo. Alguna vez, la mayor veta de oro de la región… »
»Yo mismo lo divisé muchas veces -sentenció El Ruco. A mí, eternamente me hostigó el “Matoco”; allí arriba, en el yacimiento de Manganesos, específicamente en el Manto Grey. Me siguió siempre. Pero lo paré en seco: porque soy bien cristiano y nunca hice trato con el “Mandinga”. Los que tienen familiaridad con él, a la larga, éste se los lleva y yo lo sé.
»Otro día, que me encontraba trabajando en un pique, “noche de verano y luna-plateada”, decidí salir hacia la noche fresca, llevando linterna y lámpara de carburo, las que dejé en la tierra para liar un cigarrillo; quería observar desde las alturas el “Tololo”, el paisaje gigantesco de cerros cordilleranos, cumbres nevadas en absoluta calma. De repente, sentí los cascos filosos de una mula bien herrada a lo lejos; luego vi un futre misterioso, su poncho flameaba por el fuerte viento, se desmontó de una hermosa “mula negra” con montura plateada e incrustaciones de oro.
»¡Era el diablo! ¡El demonio! ¡No cabía duda!, la visión presenciada a pocos metros era para no olvidar de por vida “gancho”; “desenguaraqué” de mis ropas el “fierro” para aparragarme con él si era necesario, porque éste es “malero” -seguía diciéndonos El Ruco-, de estatura altísima, delgado, su piel añeja, sus brazos largos poblados de cerdas como de chancho, manos con venas hinchadas; presentaba los dedos índices de largas uñas, dientes blancos como de marfil, labios gruesos y colorados, su nariz ancha, velluda, resoplaba furiosamente; orejas puntiagudas, algunas veces sus ojos eran tan negros, otras cuando se enojaba se tornaban como una brasa de carbón de piedra, su carcajada desaforada, casi infernal; otras veces, lo distinguí con grandes alas de murciélago, cabeza de chivo, dejando a su paso un vertiginoso e insoportable olor a azufre descompuesto.
»¡Eso… sí… yo sé codearlo! ¡Esto, niños, me lo enseñó mi abuela que vivía en Chungungo. Ella me dijo: “¡Si alguna vez te tropiezas con el ‘Matoco’, a lo primero que le apuntarás, será…!” “¡Ave María Purísima!” “Y si el Demonio no contesta por tres veces, insista mijito: quiébrele la mano.” “¡Ave María Purísima!” “Él nunca le va a decirle: ‘¡Sin pecado concebida…!’ Y se dará cuenta que es él…” »
Para los mineros cordilleranos era una señal de la naturaleza; y la criatura humana, es tan pequeña en esas alturas, que no le quedaba más remedio que adecuarse a los misteriosos designios de la tierra, el lenguaje de la naturaleza y el hombre. «Como sigue el mundo, creo que “El Diablo” se quedará sin trabajo… » “Si diablos somos todos nosotros…”, le señalaba su abuelo.
Ambos conocen aquellos parajes increíbles, donde los escenarios se suceden uno tras otro en colorido y grandiosidad. Que no hacen más que alimentar el espíritu de energía que irradian las rocas pétreas de minerales misteriosos, poco conocidas por la mayoría de nosotros. Puede decirse, que en aquellas ocasiones la orientación es otra, los códigos de supervivencia son otros; el día y la noche, la comida, en fin, el ritmo de la vida, es otro. El Ruco, mientras recapacitaba, nos decía: “¡La naturaleza es cosa seria, lo más grande y más rico en lo alto! Ni más ni menos”.
Sentí, en variadas ocasiones, a “La Llorona”, que en noches de luna llena salía en busca del minero que jamás retornó de la faena para casarse con ella. Aún, hoy en día, lo sigue buscando por los socavones, quebradas y caminos adyacentes. Rememora El Ruco, con soberana nostalgia, aquellas situaciones, todas esas historias llenas de magnetismo.
El Ruco, es un río desbordante de historias, y podría pasar días enteros relatándolas. Abre desmesuradamente los ojos y prosigue: «Hubo un año en que Andacollo proporcionó alfalfa a toda la provincia. En las mejores casas de la calle Urmeneta se sembraban hortalizas, frutas, flores, jardines de radiante vegetación, regados con agua de noria. En la Plaza del pueblo se realizó la proeza milagrosa más grande: tener un jardín. Habían palmeras, naranjos, acacias, plátanos, granados, manzanillones, cardenales, almendros, claveles; existe hasta un cinamomo; un palo curado -borrachito- traído por un fiel y fervoroso admirador de la Virgen Morena; religioso venido desde El Portezuelo, provincia de Catamarca, Argentina.
»Me di cuenta, muchas veces, que los habitantes de Andacollo son más silenciosos y melancólicos que los de La Serena y Coquimbo; incluso, me atrevería a decir que de todo el Valle de Elqui; se amontonan en una sufrida humanidad de hombres y mujeres derramados por diferentes pueblos, villorrios y quebradas… -se toma otro sorbo de un solo golpe, y continúa. A partir del ’38, se impone definitivamente la ley seca y con ello se rebajó el tono erótico y libertino que había adquirido nuestro pueblo. En el ’42, se abrieron de nuevo las salitreras y, de los quince mil habitantes que tenía Andacollo, la mitad regresó al norte. Les digo más, cuando se realizó el censo del ’51, Andacollo tenía 3 502 habitantes; Los Negritos, 1 807; Chepiquilla, 425; Tambillo, 525; El Peñón, 975; Las Cardas, 261 y mi pueblo de Churrumata, 880». Churrumata era el poblado desaparecido e inolvidable del Ruco, le tenía estima y eternamente lo traía a colación con una descomunal capacidad nostálgica que le asomaba por sus ojos negros; era un Villorrio Minero Cordillerano, situado en las laderas de una quebrada donde saltaban las cabras ingenuamente, entremedio de matas de cedrón, menta, matico y otras yerbas. Los vecinos fabricaban los deliciosos alfajores, merengues “sin botica”, solo huevos y sabiduría de Doña Nolfia, nada más.
»Los días en invierno amanecían tan escarchados -nos dice El Ruco. Solo nos quedaba jugar en el patio de la casa a los camiones metaleros, con los zapatos de plásticos que usábamos para ir al colegio; la neblina no nos permitía siquiera ver las manos, y jugábamos con los burros grises de color marrón del “Finao Caleo”.
»Cuando “El Luminoso” marcaba el medio día, nos llegábamos a la casa del ”Loco Mario”, que se ufanaba en ser el único que tenía un aparato de televisión “Marca Bolocco” en el barrio; por lo cual su casa se llenaba de bancas, tarros, sillas, improvisando una magnífica sala de cine. Acudíamos todos: hombres, niños y mujeres del poblado, a mirar las películas de “Bonanza”, “Barnabás Collins”, “Tarzán”, y teleseries que nos emocionaban hasta las lágrimas, como “La Madrastra” y “Muchacha italiana viene a casarse”. Cuando el aparato se llenaba de rayas y comenzaba esa resonancia estridente, bastaba que alguno de los asistentes le pegara un tremendo zapatazo al piso de madera y se arreglaba por arte de magia y la gracia de Dios. Otros escuchaban religiosamente todas las tardes y noches, sobreexcitados hasta los sollozos, los “Radio teatros”: El Siniestro Doctor Mortis, Los Ofensores, La Linterna Roja y La Tercera Oreja, que los dejaban desconsolados y atemorizados por las tragedias tan verídicas (incendios, tormentas terremotos, choques, aullidos, etc.), y que escenificaban con tanta exaltación los actores. Estos pasatiempos les servían para el necesario comentario del mañana: nombres de algunos niños, amigos míos, salieron de ahí, de las teleseries o películas».
Junto a una docena de niños llamados a punta de gritos, El Ruco partía de amanecida, cuando el sol comenzaba a abrirse entre medio de nubes blancas; así se iniciaba la cacería de pájaros en los llanos de “La Laja”, desde donde se domina una vista descomunal. El panorama generoso se engrandece hacia los Yaguines y El Llano, hondonadas seductoras con abundante vegetación, semejándose a un esperanzador oasis de aguas cristalinas y abundantes, que riegan los parronales. El regreso vicioso de luces crepusculares los acercaba al pueblo, desde donde se podía apreciar perfectamente el jadeo de los trapiches. “Éste pueblo reza y trabaja”, comenta El Ruco, satisfecho y filosófico, con sus morrales henchidos de frutas y pájaros. “Existían más de noventa máquinas moledoras de oro que lanzaban sus cánticos quejumbrosos”. Se veía gente “desmejorada-enferma”, “amables-despiertas”, que subían en burro y mulas hacia las laderas. El Ruco siempre está con la talla a flor de labios, demostrando su optimismo, a pesar de lo duro que se le ha presentado la vida.
“Andacollo es un pueblo de lentos y bellísimos atardeceres -invoca el bronceado guía. Al caer la tarde la luz se mineraliza, se torna dorada, en los aledaños de la basílica hay eucaliptos, álamos, pinos, molles, pimientos, dahines, que disimulan sus verdes, cubiertos de polvaredas refulgentes, los cerros acentúan la variedad intensa de sus tonos. El Colorado Chico y Grande, el Curque lucen toda su magnificencia bajo la luz indecisa del crepúsculo”. De tal manera, el Ruco, hasta se ponía poético para conferenciar de su gente y su idolatrado terruño.
«“El Chato de las Latas” -nos dice el Ruco-, convecino de Andacollo, nos contaba que los “Brujos del mal impuesto de Salamanca”, en el Valle del Choapa, conseguían trasformarse en pájaros para llegar a las “Cuevas” que uno todavía puede ver en este pueblo desde la plaza, con su cuerpo de pájaro, cabeza de mujer, encumbran el revoloteo por las noches de luna llena, hasta el lugar más temido por los creyentes, en esas sombras, los candidatos (¡varios de este pueblo y que un día les contaré donde están!), son llevados hasta el reducto más espeluznante y diabólico. Allí, en ese agujero, sale para recibirlos el mismísimo “Príncipe de las Tinieblas”, convertido en un macho cabrío, de pasmosos cuernos, pezuñas larguísimas, ojos refulgentes y fuliginosos… De esta manera, el “Chato de las Latas”, nos mantenía entretenidos tardes enteras.
»En otras circunstancias, cuando los muchachos ingresan por la calle Urmeneta, kilómetro y medio, haciendo paradas en los negocios privativos para todos ellos, con el sólo propósito de admirar sus vitrinas en dirección a Churrumata, era todo pensión, cocinería y comercialización; a los visitantes les da igual ingresar a “La Ovallina”, “Hotel Martínez”, “Residencial Minera”, “Las tres Brevas”…, en cada una de ella hay cazuela de ave, charquicán y cordero asado, con ensaladas que lanzan todos sus conjuros de aromas por puertas y ventanas, ofendiendo despiadadamente a los mineros pobres que pasan por afuera, con premeditado ensañamiento y alevosía; porque pareciera ser, que los deliciosos aromas a comida, se confabulan perpetuamente contra todos los pobres de esta tierra -añade melancólicamente El Ruco.
»Las jovencitas que se cruzan por delante de ellos, les arrojan miradas displicentes, llenas de coquetería; tienen un aire un tanto profano que los hace soñar y masturbarse todas las noches. A la salida del pueblo, en dirección a casa, la calamina de la calle se hace vigente, los niños van dando de tumbo en tumbo y el paisaje va perdiendo su vegetación, sólo las Chilcas se hacen presentes. En la casa de Doña María se ofrecen, colgados a un palo, moños trenzados de guindas, higos secos azucarados, nueces confitadas, empanadas de horno, sopaipillas; pero los menguados recursos de los muchachos, sólo les permiten comprar “peritas de pascua”, brevas o algún pan amasado con chicharrón, que tendrán que compartir dadivosamente y persistir en su desplazamiento a cada uno de sus hogares.
»El grupo de amigos iba ansioso al encuentro del día veinticuatro de diciembre, fecha en la cual se desarrollaba la festividad grandiosa de la virgen de Andacollo. Se fascinaban con la llegada de charlatanes, comerciante y rifadores. En ese día hay molido, plata fresca; la gente que viene de los campamentos mineros de Chepiquilla, el Llano, Los Negritos, repasan, una y otra vez listas interminables de los encargos y antojos –nos describía El Ruco–. Pero lo que más nos extasiaba, era la media noche, cuando las poderosas campanadas del santuario de Andacollo, convocaban a misa del gallo; luego, en la plaza, prendían fuegos artificiales y el cielo reiteradamente se iluminaba con fulgurantes rojos, amarillos y cascadas de luces blancas que brillan como el oro en los socavones.
»Muchas veces, después de jugar a las bolitas, el trompo, caminar con los zancos de tarros, emboque, detonar un tarro con carburo, tirar la cuerda hasta cortarla o correr largas horas con el aro de tambor con una horquilla de alambre por plazas, calles, callejones; o bien, pararse tardes enteras tirando piedras a las cuevas que se formaban por efecto del agua en las tortas de relave, y de este modo hacer salir a los duendes que se encontraban en su interior; por las madrugadas, alzaban el vuelo a la caza de conejos, contando solamente para ello, con lazos de alambres de acero, hondas, las flechas fabricadas con un palo de Chilca y una “cala” (tapa de botella) doblada en la punta. No existían niños en el pueblo que no tuviera una cicatriz en la “calabaza” a causa de estos juegos inocentes, pero extremadamente peligrosos».
El Ruco, fue líder indiscutido a lo largo y extenso de su territorio, por su sapiencia, seguridad y creatividad. Todos sus amigos le prodigaban una confianza absoluta en cada una de las aventuras, conspiraciones e ingeniosidades. Rumbeamos un día, con todos mis compañeros: “El Sena”, que le decíamos “El Chocolo”; mi hermano Ángel, “El Macho”, que se constituyó en el más fiel e inseparable de sus camaradas; “El Flaco Vergara” -tan delgado como un débil coihué-; e iniciamos un incógnito desplazamiento y aventura por las quebradas de Churrumata; pasamos Los Llanos, confluimos a continuación en las huertas de La Laja, hurtamos: duraznos, “guallaves”, damascos, uvas, peras, brevas; cargamos nuestras alforjas y proseguimos viaje hasta Yaguín.
A eso de las tres de la tarde, cuando el sol abrasador, como una formidable naranja pletórica de diciembre, nos había deshidratado por completo, manifesté a los niños que podríamos avecinarnos a los mansos estanques de agua potable que abastecían a todo el pueblo, con el único, y no otro propósito, de echar un pequeñísimo vistazo. Una vez allí, de nuevo opiné que nos resultaría de muy buen agrado y mucha utilidad a cada uno de nosotros, si nos dábamos unos pequeñísimos “chapuzones”; el agua nos seducía e invitaba a transgredir las prohibiciones. La propuesta del Ruco fue acogida con gritos y silbatinas por todos sus oyentes, el estanque medía siete metros de alto, con un diámetro aproximado de diez; era una delicia, una piscina olímpica, seductiva y refrescante, librándonos de nuestras escasas vestimentas, quedamos solamente como Dios nos dejó diseminados por este convulsionado y prohibitivo mundo; trepamos por la escalera adherida al reservorio hacia el borde y, una vez allí, nos clavamos al agua con estilos independientes, como unos jóvenes delfines.
Aquel maravilloso e inolvidable día que nos dejó libres del “piñen de las patas, verijas, guata y cogote”, lo disfrutamos como una verdadera fiesta acuática, dando brazadas de costado, de estilos básicos, era un verdadero arte el sostenerse y avanzar: crol, mariposa, espalda; nadábamos de un lado hacia otro, haciendo indeterminadas piruetas acrobáticas. Si existía un celestial paraíso, como lo aseguraba el cura párroco, todos nosotros juntos estábamos en él. Era indisoluble la algarabía, la que no nos permitió percatarnos del transcurrir de las imperceptibles horas; “pilucho, el moreno protagonista”, optó por un respiro y gozar del paisaje que ofrecía la altura del estanque: “Puedo distinguir -nos dijo, con los ojos extremadamente desorbitados y la tarasca abierta-, el peligro irremediable que se nos venía encima. Pude divisar que a muy corta distancia el camión aljibe, escoltado por la patrulla de los pacos, se aproximaba sigilosamente”. Sobresaltado grité al “Macho”, al “Flaco Vergara” y al “Chocolo”. Todos juntos salimos en forma desesperada del lugar, en busca de nuestros bototos y prendas de vestir; pero con estupor nos dimos cuenta que éstas ya no estaban, seguramente el “Pejerrey”, chofer del camión del agua fue quién dio cuenta de nuestra osadía y silenciosamente había recogido todas las ropas para impedir que nos fugásemos, dando posteriormente cuenta a los carabineros de turno.
¿Qué hacer entonces, en estas desfavorables e inmisericordes circunstancias? Simplemente había una: ¡Arrancar! ¡Aculatarse! O, sencillamente, ¡apretar cachete! por los peladeros, a como diera lugar y en las condiciones en que nos hallábamos. Despavoridos por la cercanía de la policía y el “Pejerrey”, emprendimos la de “Villa Diego” por las pendientes del cerro de Churrumata a “poto pelao”, con el pánico alojado en cada uno de nuestros invisibles corazones, que hacían fuerzas descomunales por salirse de nuestros pechos. Una vez despistado el control policial, continuamos nuestra marcha por el caminillo en fila india, con una mano por delante y otra por detrás. Sin embargo, unos mineros que se encontraban descansando de la agotadora jornada, después de haber cargado unos sacos hechos artesanalmente con “cogotes de guanaco” y jergones multicolores que colgaban de sus monturas con piedras de oro, nos vieron pasar. Les produjo tal grado de hilaridad, que no contuvieron los gritos y carcajadas, burlándose de todos nosotros. A El Ruco le dio toda la zambada por la impotencia de no poder hacer nada en torno a las bromas y puchas, que gritaba: “Por qué no se van a reír de su abuela, viejos ‘conchesumadre’, ‘cornuoshuevones’”. Unos de los conminados trató de hacer el amago de perseguirlo y lanzarle una piedra, y nuevamente tuvimos que emprender la carrera, dejando solamente un vestigio de polvo y piedrecillas que rodaron cerro abajo.
Escondidos tras unos matorrales, cerca del pueblo, esperamos el anochecer y de esta manera comisionar al “Chocolo” para que fuese por cada una de nuestras casas y consiguiera las vestimentas necesarias para todos nosotros. Al día siguiente, después de una suculenta e inolvidable paliza por parte de nuestras madres, nos enviaron a mí y a mi hermano Ángel por una larga temporada a Incahuasi, a la “Posada Nueva Batalla”, propiedad de nuestros abuelos; allí debíamos quedarnos hasta que pasara la tempestad, y desaparecieran los enojos de todo un pueblo; el honorable Concejo Administrativo y el Excelentísimo Señor Alcalde, que lo único que deseaban imperiosamente era vernos tras las rejas, puesto que tendrían que beber obligatoriamente por un buen tiempo “Agüita de Coco”, de los traviesos e ingeniosos muchachitos.
La entrada a Maitencillo, que se hacía bajo los arcos del antiguo Retén de Carabineros con sus torreones hispánicos, siguiendo la huella, a mitad de la cuesta se encontraban con la ermita de San Antonio “para hacer agüita”, decía su abuelo. Este es un buen lugar, sombreado con hermosos parrones. “¡Ésta tierra es chusca, hijo, y hay que respetarla!”, le masculló su abuelo más de alguna vez. En este dotado y hermoso territorio los hallaba la oración, con los bultos imprecisos de sus burros y caballos que apenas se divisaban en la exuberante niebla; pero El Ruco y su abuelo proseguían viaje en amenas charlas por los caminos terrosos, acompañados solamente por las estrellas y la luna.
En las quebradas, la vegetación es muy escasa, dominan a su antojo el fiel pimiento que con el burro conforman las dos notas fundamentales del paisaje de estas serranías. Avanzaban a pasos agigantados, empujados por una fuerza misteriosa, cayendo entre chaguares y quiscos, lastimándose por las espinas de los arbustos. Al llegar a la cumbre al amanecer, Andacollo se muestra como un pueblo arcilloso que soporta una prolongada historia de tragedia y felicidad. Un formidable Templo Amarillo que nos vela, se divisa a lo lejos; inmediatamente hacia el sur, nubes, polvo, que es lo que más hay y, si tomamos como punto de referencia la gran Iglesia, la plaza Videla, el pueblo limita al Norte con el cerro “El Colorado; al Sur con la quebrada “El Culebrón”, “La Hermosa” y “El Tome”; al Oriente con “Los llanos de Casuto”, donde se encuentra el cementerio y la poblado “25 de Octubre”; al Poniente, con la quebrada de “La Coipa”, la quebrada de ”La Laja”, el cerro “El Colorado”, “El Colorado Chico”, “Churrumata” y el enorme “Cerro Toro”, donde solían ir a cazar pájaros con los niños del barrio, usando horquilla de “Palo de Yegua”, elásticos rojos de cámaras de bicicletas, que en definitiva eran los mejores lanzando sus proyectiles a superiores distancias que los negros. Todo esto se los había enseñado el querido “Viejo Pillo”.
La calidad de este artilugio quedó demostrada “La Noche que El Ruco quebró La Luna”. Aquella vez, todo comenzó como una simple jugarreta, cuando al caer la rogativa de ese verano, todos competían tratando de lanzar las municiones de sus artefactos lo más lejos posible; pero El Ruco, con su inquebrantable ingeniosidad, ante todos los niños y muchachas, sentenció lapidariamente que él era el único capaz de “quebrar la Luna”. Todos los “churrumitos” quedaron expectantes ante los aprontes e intentonas del Ruco, que apuntaba en dirección al objetivo trazado, divisándose como un gran queso de cabra, transparente e inmaculado. El Ruco poseía gran puntería, tal vez, debido a la naturaleza innata de estos aguerridos pirquineros cordilleranos, cuya virtud más grande era su exquisita puntería, ya que de ella dependía la mayoría de las veces la supervivencia en las altas cumbres; los niños esperaron… y esperaron, expectantes a que La Luna se quebrantara y cayera en pedacitos. Nada ocurrió; desde ese día, El Ruco fue el blanco de la burlas de todos los niños de Churrumata.
Se deslizaron gradualmente los días; las noches eran esplendorosas; grandes estrellas aparecían en el cielo de verano, bailoteando alrededor de La Luna que se encontraba en su “Eclipse anular”. La “Juanita”, hermana mayor de El Ruco, salió de su casa y estuvo un buen rato mirando La Luna, que aparecía y desaparecía entre las densas capas de nubes. Su infantil imaginación, enternecida por aquel espectáculo impactante, se empezó a sentir aturdida, el giro inesperado que tomaba lo que creyó un simple paseo, le produjo un miedo escabroso, hasta percibir atemorizada el acontecimiento señalado por el Ruco, de “Quebrar La Luna”. Se estremeció de tal manera, teniendo hacer un esfuerzo sobrehumano para constreñirlos, porque le venían en oleadas inaguantables, lidiando por despedazar las barreras que resistían sus labios temblorosos; y empezó a transpirar, a sentirse fatigada; en seguida la acometió una consternación aguda. ¡Tenía susto, susto! ¡Un desmedido terror! Todo ello fue como un latigazo. Afirmó su pálido rostro entre sus manitos enflaquecidas, muda e inmóvil anduvo de un lado para otro, elásticamente, y empezó a subírsele por sus piernecitas un lento hormigueo, hasta no poder más; y se sentó en unos troncos que se encontraban a la vera del camino, con los codos en las rodillas por largos e interminables minutos, sin concebir lo que estaba viendo. Sus ojos abiertos, sin expresión a ratos, fijos tercamente hacia La Luna, que empezaba a perder, poco a poco, su redondez; ensimismada, tal vez, en la admiración de un espectáculo inescudriñable para ella, veía todo a través de un velo tupido; al andar vacilaba y le vinieron vahídos, rompiendo en un espantoso sollozo que la sacudía hasta las chalitas de plástico. En esos precisos momentos no soportó más la tremenda angustia que la sofocaba; medio muerta de espanto, logró por fin lazar unos gritos penetrantes de pavor, que tenían aspectos tan lastimeros e iracundos que colmaban toda la negrura de la noche: “¡Mamá…! ¡Mamá…! ¡El Ruco…! ¡El Ruco…! ¡Quebró la Luna…!” Para, finalmente, desplomarse estrepitosamente sobre la tierra, desmayada.


ANDACOLLO, TIERRA DE MÁGIA II

TÚNEL, EL SOCORRO

A Leonel y Gabriel Pizarro, Andacollinos de tomo y lomo.

 

ANADACOLLO, TIERRA DE MÁGIA
La Noche que el Ruco Quebró La Luna
Túnel El Socorro – © Luis E. Aguilera

Corrección y Edición – José Pepe Sánchez

“Tierras del oro sin manchar, humanos
materiales, metal inmaculado
del pueblo, virginales minerías,
que se tocan sin verse en la implacable
encrucijada de sus dos caminos:
el hombre seguirá mordiendo el polvo,
seguirá siendo tierra pedregosa,
y el oro subirá sobre su sangre
hasta herir y reinar sobre el herido”.


Las Flores de Punitaqui
El Oro – VII
Pablo Neruda


Porque detrás del valle y la sequía,
detrás del río y la delgada hoja,
acechando el terrón y la cosecha,
el ladrón de las tierras…

PABLO NERUDA
(“Les Quintan, La tierra”)

TÚNEL, EL SOCORRO

El gran tesoro escondido en el “Túnel, El Socorro” quedó tapiado por todos sus flancos, desde que llegaron las grandes compañías a destruirlo todo. Permanecieron así; se paralizaron todo los movimientos, de un momento a otro la mina se fue aterrando en muchas de sus entradas para siempre -es lo que se creyó-; sin embargo, más de uno se atrevió a ingresar, a tratar de recuperar algunas desventuradas “pepitas de oro”, que quedaron por allí, en algún rincón que jamás se arañó, siguiendo la vetilla que sólo los pirquineros más avezados conocían, como era el caso del “Chato Guerra” y su hermano, “El Guatón Gabriel”.
Me confidenciaron una noche, entre varias rondas de cervezas, que “La Pechita”, como le decían cariñosamente a su madre, mujer solidaria y alegre, que ante cualquier problema presentado lanzaba su frase preferida: “Todo se arreglará”; a pesar de que el día muchas veces no le proporcionara una ocasión esperada y se acostara desalentada por la noche, con sus ojitos húmedos y brillantes; pero luego se levantaba muy de madrugada, con más confianza todavía en su buena estrella, y repetía: “Todo se arreglará”.
Ella gustaba de contar historias a los niños, en cada una de las reuniones familiares, en la mesa grande del comedor, donde cabía toda la fraternidad del pan y la leche, para sus hijos o algún niño vecino que llegara con los suyos. Les describía relatos divertidos, que constantemente los hacían reír; de fantasmas tristes y olvidados llenos de magia, para permitirles soñar las largas noches, o bien arrojar más de alguna lágrima por sus pequeños ojos. Sólo ella podía transmitir con tanta veracidad cada una de las historias: “Que por las sombras de las quebradas siguen los espíritus de los Incas y de los primeros “Curacas Diaguitas”, vigilando los tesoros que se localizaban en diferentes faldeos enterrados; herencia exclusiva de este pueblo tan animoso y experimentado”.
“Siempre he pensado que todas esas tradiciones que nos detallaba mi madre, tienen algo de verdad e inocencia. Pero yo he visto en noches de verano ´Luces de plata y oro’”, me dijo “El Chato Guerra”, que se transformó en el “conchito” regalón de su madre que lo arrullaba entre sus brazos y de todos sus hermanos.
“El Guatón Gabriel”, el segundo de sus hermanos, se encontraba a nuestro lado, ratificando con un leve movimiento de cabeza todo lo que platicara el “Chato”; permaneciendo en una actitud reflexiva y meditabunda, luego pasaba su mano por sus cabellos y cuello, y exclamaba: “¡Así no más es poh, mi amigo, como le cuenta aquí mi hermano!”
Los ojos del “Chato Guerra” lanzaban llamaradas de alegría, al constatar que estaba muy afianzado y su cuerpo se intranquilizaba, presa de una intensa excitación. Y continuaba: “¡Estas luces de oro y plata!, de las cuales les hacía mención momentos antes, forman una gran metrópoli, que indica el lugar mismo del entierro, y no es otra cosa que la gran cantera de oro, que explotaban los Incas con ayuda de los Diaguitas… ¡Yo pocas veces acostumbro a conversar de estas cosas, ya que para mí es algo muy santificado!”
Del mismo modo, las bribonadas estuvieron a flor de labios esa noche, de parte del “Guatón Gabriel”. Después de lanzar una escéptica sonrisa invisible en la sobriedad del recinto a medía luz, plegó sus gruesos labios y me dijo muy “contimplique”: “¡Mire, mi amigo!, yo muchas veces anduve muy solo, por disímiles derroteros, lo que me permitió calzar muchos puntos, y nunca se lo conté a nadie. ¡Ahora mismo se lo voy a relatar!” Yo lo miraba, detallando cada una de las apariencias enérgicas que se concebían y que a veces resultaban muy duras; pero que sólo momentos antes se habían mostrado suavizadas con un abrazo y un apretón de mano.
Después de unos segundos, el “Guatón Gabriel”, reflexionó, y se le iluminaron sus ojos negros como un socavón; lo encontré un poco triste, mientras echaba el humo soñoliento y vertical que ascendía desde el cigarrillo, sujeto por sus labios. Tenía las dos manos en la mesilla, que jugueteaban con el envoltorio de cigarrillos. Nuevamente me miró, desprendió una sonrisa de medio labio, pero sincera y amigable: “La naturaleza es un organismo serio, mi amigo, lo más dotado de hermosura y riqueza; mientras uno se encuentra en lo más alto de los cerros -yo no le pongo ni le quito…-, la heredad es benévola, ha nutrido a este poblado y a todos los afuerinos que siempre llegaron aquí; es como las misericordiosas arboledas, ellas esconden sus frutas exquisitas y deliciosas en lo más alto, donde nadie se las puede arrancar… Lo mismo pasa con la montañas que cercan Andacollo, ellas ocultan sus minerales en los segmentos más altos, allí se encuentran las más admirables riquezas.”
Como “guaina” que era el “Chato Guerra”, nos miraba con atención asintiendo con la cabeza todo lo que decía su hermano; se tomó su tiempo -para ordenar sus ideas posiblemente-, enseguida me observó y me dijo: «¡Le cuento, gancho!, una vez me salió el “Mandinga”, duro e inflexible el Mañoso. En la quebrada, allí arriba, siempre fanfarroneando… Yo creo que me venía “loreando” hace mucho rato… ¡Se imagina, gancho!, yo sólo por ahí, con mi morral multicolor, de lana de guanaco, caminando desde “La Yerba Loca” a “La Chepica” para llegar por el atardecer a Andacollo, son catorce kilómetros aproximadamente de distancia, y yo solo, sin “pitar un pucho”; de repente, sentí las herraduras nuevas que sacaban chispas en el empedrado del camino, era una mula acometedora y no hay porqué, no reconocerlo.
»Con sus crines bien recortadas, de pequeña alzada, lustrosa y negra como el azabache, bien encasquillada, los corvejones ostentaban espléndidos aparejos; de largo cuello, ancas que conservaban su gallardía y esbeltez, las crines de la cola abundantes y resplandecientes. ¡Entonces, gancho!, de un solo respingo, sujetando con firmeza mi corvo, salté a un barranco de metro y medio, que estaba cubierto de chilcas y quiscos. ¡Usted comprenderá, como quedé de espinado por todas mis intimidades!, desde allí comerse con la vista a observar el camino, cayéndoseme la baba de la boca. Cuando vi pasar a un misterioso jinete que llevaba una fusta en la mano, que golpeaba fuertemente a la bestia…, era el Diablo -no cabía la menor duda-, se paró a pocos metros de distancia y lo pude divisar claramente; quedándome espantado al verlo aparecer tan “ajisado”. ¡Gancho!, como se lo describo en este momento, con la faz enrojecida, asorochado, dando resoplidos de fatiga; flaco, alto, orejón; de ojos muy penetrantes y como si fuese arrojando chispas.
»El Malo, venía todo salpicado de sangre, de la cabeza a los pies, ¡Gancho!, yo con mi pañuelo me enjugaba la copiosa transpiración que me inundaba el rostro. Pero el Mandinga me presenció y me miró con inquietud, dando a su terrible fisonomía la expresión más consternada y trágica que supo encontrar; comenzó a acercarse con ademanes solícitos, había recuperado el gesto soberbio de supremo “Príncipe de las Tinieblas”, sus grises pupilas frías e implacables querían parecer serenas, pero transparentaban cierta sórdida irritación. Me enderecé un tanto, indeciso, lo que me hizo oscilar sobre mis pies desnudos, castañeteando fuertemente mis dientes y, sin pensarlo dos veces, le arrojé a sus pies un crucifijo que me había entregado “La Pechita”.»
A medida que hablaba, se reanimaba el rostro del “Chato Guerra”: «¡Y no me va a creer lo que presencié! Un sordo estallido, una formidable explosión; lo hice retumbar al Matoco, lo zarandeé a mi regalado gusto. De súbito el aire se llenó de una fuerte luminosidad. ¡El Diablo había reventado por los aires! -incluida su mula y sus aperos-. Aquella masa obesa que detonó expulsaba un olor fuerte de carne carbonizada, era el cuerpo del Satán, sus indumentarias ya cristianizadas en cenizas se deshacían al más leve acercamiento; nunca me “viloté” del Mandinga, eso se lo digo muy claro; porque la zumba que le di no la va a olvidar nunca, y debe estarse a esta hora revolcando en su caldero…
»Cuando llegué al día siguiente al pueblo, y la luz desapareció entre sombras, y el día se convirtió en noche, me contaron que todos los andacollinos se apilaron a las puertas y ventanas de sus ranchos, en su mayoría mujeres y niños, dirigiendo sus desorientados ojos a la distancia, presenciando llenos de espanto algo como la inesperada erupción de una caldera que se remontó en forma recta hasta una enorme elevación, bajo el cielo lleno de estrellas azules y serenas. Fue tal el grado de susto que les provocó este desafortunado acontecimiento, que se arrojaron en indefinido tropel hacia La Iglesia Chica, donde todo era desconcierto: los niños corrían de un lado para otro, aterrorizados, sin encontrar qué hacer, aquella soledad los sobrecogía y una angustia mortal oprimía sus corazones; entre tanto, las mujeres, frenéticas, tenían violentado el oratorio, sus lamentos enajenados imposibilitaban oír las plegarias de la gente mayor, que lo hacían con tanto fervor…
»¡Así me salvé aquella vez po´s, gancho!; pero hubieron distintas oportunidades en las que me anduvo trayendo muy cortito el bribón. Fíjese que en otra ocasión, estando en “Los Balcones”, jugando en los “Chiqueros” de las majadas, cerca de “La Yerba Loca”, donde los zancudos aguijonean más enérgicos que en otra parte -satisfechos de sangre, se licenciaban en sus embates, arrojando de sus aletas y coseletes centelleos de joyerías-, resquebrajaron la calurosa atmósfera, esfumándose como rehilete de oro en el azul generoso del cielo, cuya tersa limpieza no exigía el más remiendo de neblina…En ese justo momento, se me apareció en forma de un “Enano maldito”, ¡testarudo el animal!, no pudo disimular que era el Mandinga… ¡Yo cuando lo vi…! ¡Ya mi espíritu me avisó!…Bueno, pero eso es “harina de otro costal”. Yo no flaqueé de ningún modo, puesto que soy bien practicante y creo firmemente en “La Sacra Real Majestad” de mi Virgencita Morena de Andacollo, la que nunca me abandonó, ni me abandonará…»
Y con la tranquilidad que le dan sus años de experiencia, “EL Guatón Gabriel” se santigua varias veces ante un escapulario de la “Chinita de Andacollo”, que llevaba en su pecho, mientras los vasos hacían su aparición, en una nueva ronda de cerveza hasta “enguatarnos”. Y mientras los vasos chocaban en el aire, yo ponía atención, entre entusiasta y suspicaz. Era un ir y venir de anécdotas de estos dos compañeros.
«Cuando algunas sombras se deslizaban lánguidamente a ras del suelo, y allá arriba cerca de los cerros de los balcones, sobrevolaban en el aire una bandada de grandes chonchones negros, yo me dirigía muy “enterado” desde Andacollo a Manganeso, por el camino del Curque, porque había allí una “nombrá”. A la salida del villorrio, dejando muy atrás la casa de “Tachito”, me encontré con un hombre flaco que me silbó. Llevaba por “pilchas” una camisa blanca y en su pecho, cerquita del corazón, un “alfiler curado”; pantalón negro, un poncho al hombro, zapatos como de charol, lustrosos, de caña alta, con tela elástica en los costados. Luego de caminar un buen trecho cerquita mío, se decidió por hablarme: “Ando buscando trabajo, vengo de la otra banda de la cordillera”, me dijo el “truchimán”. Yo, apresuradamente me saqué el casco minero y el gorro de lana que llevaba y seguí “ten-con-ten”, ya que hay más posibilidad de vencer a cualquier “panúo”, “un piedra azul”, e “infrecuente”, que se aparezca de repente por ahí; con la mente constantemente fresca, para que no le pasen “Catas por loros”. Esta forma es común en mi pueblo, es signo de que uno es bien “bautizado”, y me desabroché algunos botones de mi cotón para que en la oscuridad relumbrara intencionalmente el crucifijo y se viera el escapulario que llevaba. En aquellas montañas todo es precaución y a mi me lo enseñó muy bien “La Pechita”: “¡Debes llevar siempre estas religiosidades bien en orden hijo!”, me lo machacaba persistentemente; yo siempre le obedecí, porque las madres siempre tienen la razón y ellas nunca se equivocan, cuando se trata de darle un consejo a su hijo.
»Entretanto, el sol transitaba rápidamente a su ocaso. No me olvidaré nunca de esa compañía desconocida con la cual tropecé”, me dijo, el “Guatón Gabriel”, con sus ojos bien abiertos esa noche. “El gris de los cerros tomaba a cada instante tintes más sombríos, mi amigo. ¡El Diablo caminaba junto a mi!, llevaba un cuchillo con empuñadura engastada con perlas, diamantes, rubíes y toda clase de piedras preciosas y fileteados de oro en el cinto. Sin yo estar completamente seguro, ¡pensé que quizás al Mandinga le bajó la tentación de botarse a minero! Y encarrilando, encarrilando a Manganeso, iba junto a mí, sin yo buscarlo, ¡claro está! Para disimular la cosa, El Diablo transportaba a la espalda un costalito quintalero, Molino San Julio, como cualquier pirquinero de Andacollo.
»Para qué voy agregar más po´, mi amigo, se las traía bien ensayada el Marrullero. Yo no despegué jamás mi mano del crucifijo. ¡No me olvidaré nunca de aquel atardecer, cuando me dijo: “¡Amigo Gabriel, le vengo a hacer compañía…!” ¡Madre mía!, musité yo; ahí mismo me di cuenta claramente quién era mi asistente. Comencé a rezar en silencio, para que no se diera cuenta: “¡Ave María Purísima, Ave María Purísima! ¡Sin pecado concebida! ¡Porque es Madre de Cristo! ¡Porque es el hijo de Dios! ¡Y La Santísima Trinidad! ¡Padre, Hijo y Espíritu Santo! ¡Padre Nuestro, que estás en los cielos… Santificado sea tu nombre…!” Allí, “El Malo”, percibió mis intenciones, no me contestó mi rezo, porque no es nada de “asopado” y casi desposeído. Me echó la “Choriá”, con su característica irritabilidad, que se convertía en la aplicación de gritos: “¡Basta, hombre, no seas descomedido, si lo único que yo pretendo es ayudarte! Echar un “parrafito” contigo. ¿Qué le pasa, amigo Pizarro, tiene susto? ¿Ahora?… ¿Ahora le dio por ser tan rezadorcito?” Y terminó con sus acostumbradas amenazas prepotentes.
»Como si fuese mi gran amigo, el “confianzudo cachúo”, me siguió platicando impávido: “¡Ah!, con que te resistes a conversar conmigo. ¡Quiero hacer un trato contigo, se me antojó ofrecerte algunas cositas; sé que andas bastante necesitado y yo te puedo echar una manito!” Y, con un rápido movimiento, me señaló con su mano huesuda un agujero lleno de oro que brillaba a lo lejos… Y me conferenció haciendo “magancias”: “¡Esa mina que se encuentra a los pies de aquel cerro, es pa` vos, tontón. Te va a convenir… claro está, si es que trabajas para mí… Por este motivo te andaba buscando hace varios días, para regalarte esa mina… ¡Vamos hombre, tiene varios filones de muy buena ley!, serás muy rico, no tendrás nunca más privaciones…” De ahí en adelante la cosa se puso mala y nada bueno me presagiaba esa noche, pensé.
»La Santísima Trinidad me guíe, repliqué, y nuevamente comencé a rezar: ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo! ¡Yo no necesito riquezas, me basta ser cristiano y creyente de “La Chinita de Andacollo” que me cubre con su manto… Y tengo como escudo mi crucifijo!, le grité bien fuerte; para que fuera entendiendo con quién se estaba “encarachando”. El Mandinga seguía “forondo”, tentándome: ‘¿Quién te viene a ofrecerte todo esto, Guatón?’ Ahí me dio toda la rabia. Tratarme de “Guatón”, el “Pingadilla”, y le contesté: “¡Mi Virgencita Morena, po’ pelotúo!” Y el Matoco lanzó una risotada burlona, ja, ja, ja, ja.
»Entre la oscuridad, se hacía notar el resplandor del oro a la distancia. El Diablo estaba perdiendo su batalla por el convencimiento mío, y se le percibía a la legua su desagrado, aunque lo fingían sus ojos descomunales -lanzaban chispitas desde sus interiores, como brasas de carbón de litre, chisporroteando luminosidad-, me codeaba, y yo con el crucifijo entre mis manos, no lo soltaba ni por “siacaso”; con esto lo seguía manteniendo a raya, de eso yo estaba completamente seguro. De repente se me iluminó la “mollera” y me acordé milagrosamente que llevaba una botellita con una “cuarta” de agua bendita, que me habían encargado unos familiares de la quebrada de Manganesos. Metí mi mano cuidadosamente en el morral y la toqué con mis dedos, la aprisioné anheladamente y comencé a sacarla lentamente para que el Mandinga no se diera cuenta. ‘¡Hombre precavido, vale por dos!’, me dije. En la oscuridad de esa noche, con la sola claridad que desprendían los dientes de oro del “Matoco”, de un santiamén saqué definitivamente la botellita liberadora y la destapé… Ya con el agua bendita en mi mano, le grité al Mandinga: “¡Ven, ahora, si soy tan hombre, si soy tan “agallao”, que te voy a bautizar!’ Y volví a repetir: ‘¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… Amén!”
»Confiado estaba yo, cuando lo vi retroceder. Ya lo notaba medio “entelenque”, pero no se daba por rendido el mal intencionado, y en ese preciso momento, mi amigo, le tiré con tan buena suerte y puntería, que la botellita prodigiosa se quebró justo a sus pies y roció al “Mandinga”, dándole un ataque de convulsiones, saltando más alto que Gaucho con boleadoras, y reventó, desprendiendo un haz de luz agudo que me dejó ciego por mucho rato…»
“El Chato Guerra”, esa misma noche me secreteó que en cierta ocasión, con su hermano “El Guatón Pizarro”, se introdujo en el “Túnel, El Socorro”. La mina abandonada, en los trescientos cincuenta metros de largo, era toda paz y silencio, no se sentía otro ruido que el sordo y acompasado transitar de nuestros gruesos zapatos claveteados; nos alejábamos, penetrando en la galería que por su elevación nos permitía andar erguidos, sin arquearnos; la oscuridad crecía, quedando desde la superficie a una profundidad no menor de doscientos cincuenta metros.
Muy pronto sentimos latidos en las sienes y zumbidos en nuestros oídos, solamente destellaban las dos lamparillas que transportábamos, cuyas fosforescencias, opalinas y purpúreas resplandecían, fulguraban a ratos con el creciente ímpetu del carburo, ciñendo la noche del agujero. Se veían a la luz de las luminarias trozos de maderas de revestimientos, rieles, ropas, bototos y mangos de herramientas abandonadas en los alrededores de los muros, en los cuales se delineaban resquicios más negruscos aún, de infaustos desfiladeros.
Sumergidos ya en el útero mismo de la tierra, entre las sombras predecesoras de la incertidumbre, buscábamos la veta aterrada. Cuando ya estábamos a punto de encontrarla, se sintió un rumor sordo, chirridos de ruedas, voces indefinidas, crujidos secos, quejidos; pero, de repente, surgieron unos gritos mucho más desgarradores y pavorosos de un ser humano -cosa mala, me dije-, como si se viniese costaleando cuesta a bajo, chocando con las puntas filosas de las paredes, dando cabezadas por la “buitra”; los chillidos eran tan escabrosos, que llenaban la compacta cripta del “Túnel, El Socorro”, y de un instante a otro, todo quedó otra vez en silencio. La incertidumbre se circunscribía al círculo de la luz, en una pequeñísima área, tras la cual nuestros cuerpos petrificados estaban persistentemente en vigilia, rápidos a adelantar o recular y decididamente emprendimos la tirada veloz, como almas que se las lleva el Diablo.
Comencé a sudar en forma abundante, y me comenzó a correr un líquido abrigador por entremedio de mis piernas; y observaba con el rabillo del ojo al “Guatón”, que se encontraba en las mismas circunstancias.
Sin mediar palabras, en un rapto de delirio y “julepe”, arrojé la lámpara contra el muro, donde se hizo mil pedazos, quedando estupidamente aún más en oscuras. Empezamos a subir sin cruzar señales o palabras y menos atrevernos a mirar hacia atrás; pálidos como la niebla espesa, como la Luna que brillaba a lo lejos en las noches de Andacollo.
Al llegar a la compuerta, nos percatamos que esta se encontraba con una aldaba, cerrando nuestros pasos, liquidando toda iniciativa de huida; retemblábamos como la hojas de otoño en el árbol, y nuestros “guargueros” apretados, negándonos toda posibilidad de emitir algún sonido gutural. En esas terroríficas circunstancias -en ese mismísimo lugar-, nos faldeamos, quedando “embetunados hasta las patas” y tuvimos que limpiarnos con unos gangochos que se encontraban tirados en el suelo…
“¡Dios tenga misericordia de nosotros y nos ayude en este trance!”, invocó “Chato Guerra”; porque se asustó de tal manera, al ver al “Guatón Gabriel” con el semblante lívido y su mirada avergonzada.
“El Chato Guerra”, siguió proporcionándome meticulosos pormenores sobre el mencionado asunto: «Esperamos hasta el amanecer de un relumbrante nuevo día, para que alguien se compadeciera de nosotros y abriera el candado del portón de ingreso. A la salida, el olor que desprendíamos ambos, no era precisamente de azufre, era un hedor fermentado, más penetrante y putrefacto, que nos acompañó por varios días, de modo que nadie en el pueblo quería juntarse con nosotros…
»Así es, por tanto, mi privilegiado amigo: ¡El diablo existe!, está en todas partes, aquí mismo en el país; en nuestras ciudades, se pasea presuntuoso, como pavo real. Está en todo tipo de instigación que atormente a los pirquineros más necesitados, niños y mujeres desvalidos; nuestros viejos mineros, que son seres extraordinarios y nobles, los más elevados dentro del concepto humano, que sufren la soledad más intensa de sus años de vejez. Ellos son gente buena. ¡Yo lo sé!; solidarias, amistosas, porque sus rostros no tienen nada que ocultar.
»He pensado siempre que los verdaderos trabajadores de las minas, no quieren explotar el mundo de la minería para sí, como todos los egoístas, sino para el bien de todos; lo que nos muestra claramente su generosidad, que son los únicos misericordiosos y creyentes que resisten los convites del “Mandinga”. Otros, perversos -que los hay muchos-, ocupan puestos que los encandilan, hasta no decir basta, la acogen con soberbia…, y desde ese minuto sus existencias son para siempre un infierno en vida… Eso, Gancho, no lo queremos nosotros los andacollinos, por lo tanto, se lo digo sin rodeos y enfáticamente.
»¡Si Dios quiere darme riquezas, ya sabe donde vivo; lo que es yo, no la ambiciono y no la persigo nunca más! »


GLOSARIO DE PALABRAS AUTÓCTONAS USADAS EN ESTE LIBRO:

ANDACOLLO, TIERRA DE MÁGIA
La noche que el Ruco quebró La Luna
Túnel El Socorro

Aculatarse: Arrinconarse.
Alicanto: Pájaro fabuloso que se alimenta de oro y anuncia la proximidad de este metal.
Aniñado: Bravucón.
Apir: De apiri, voz quechua; operario que transporta a cuesta el mi¬neral desde los socavones de la cancha.
Arte: Conjunto de conocimientos mágicos atribuidos a los brujos.
Atracarle (a una mujer): Tener relaciones carnales con ella.
Atinarle: Acertarle
Aguatarse: Hincharse del mucho ingerir bebidas simples. (Enaguacharse.)
Ajisado: Enojado, irritado, por similitud con el efecto que causa el ají picante.
Asorochado: Falto de aliento, como el que sufre de puna o soroche.
Aparragarse: Acuclillarse.

Bayo: Catafalco sencillo en las iglesias de campo.
Bajo (dar el): Matar una persona.
Barajar: Anular una apuesta de común acuerdo, en el juego del monte.
Barbeta: Individuo simple.
Benaiga: Interjección. Bien haga.
Bizcacho: Bizco, en sentido despectivo.
Bolina: Bulla. Cosa sin importancia.
Bototo: Zapato grueso y burdo.
Botines: Zapatos de caña alta, con tela elástica en los cos¬tados.
Buitra: Hoyo abierto en el piso de una mina para vaciar el metal de un nivel a otro.
Buzón: Lugar en que se está extrayendo el metal.
Buzonero: El que trabaja en un buzón.
Brocearse (una’veta): Concluirse.

Cagüín: Chisme.
Cachureo: Montón de desperdicios.
Cabezón: Ponche cabezón, cargado de aguardiente.
Cabresto: Látigo corto (cabestro).
Cacharpas: Las prendas que sirven de abrigo y de cama al pobre.
Cartera: Bolsillo; también bolsico.
Catas por loros: Una cosa por otra; engaño.
Cabro: Muchacho
Calabaza: Cabeza.
Cantada: Acción y efecto de cantar una carta.
Cantar: Decir anticipadamente, por apuesta, el palo de una carta que va a jugar.
Cacho Bolado (beber a): Tomarse todo el vino de un vaso, dando, enseguida, vuelta éste para probar que no ha quedado ni una gota.
Canuto: El que profesa la religión protestante.
Caña: Vaso de vino de un cuarto de litro.
Capacha: Cárcel.
Capacho: Cubeta de fierro que se desliza por el cable del andarivel.
Carneo: Acción de comerse un animal robado.
Causear: Comer.
Causeo: Alimento frío, circunstancial, compuesto generalmente de carnes y ensaladas, comida improvisada, sin beneficio de cocina.
Contagioso: Muy susceptible o cascarrabias.
Contraer: Llevar la contraria, oponerse.
Cosa mala: Brujería, aparición diabólica.
Costalearse: Darse golpes contra algo a consecuencia de una gran indignación.
Cocaví: Provisiones de viaje, tan indispensable como la co¬ca al indio del Altiplano.
Conchito: Conchos, golosinas que sobran de una fiesta. También el menor de la familia.
Contimpliques: Contemplaciones, andarse con miramientos.
Corrimiento: Dolor neurálgico, hinchazón causada por un absceso.
Corvo: Puñal corto de punta engarriada.
Clavo de Oro: Trozo puro de este metal, de forma cónica, que suele aparecer en las minas.
Curcuncho: Jorobado, gibado.
Cuarta: Medida de un cuarto de arroba para líquidos.
Curado (alfiler curado): Embrujado, capaz de causar ma¬leficio. También el estado de ebriedad.
Cubrir las platas: Igualar la cantidad de una apuesta cuando es su¬perior a la banca.

Charquear: Cogerse de la cabecilla de la montura para no caer.
Chascona: Prostituta.
Chamuchina: Plebe. Gente despreciable.
Chaucha: Moneda de veinte centavos.
Chercán: Pájaro. Harina de trigo tostado con agua caliente.
Cheuto: Que tiene labio leporino
Chey: Concubina; amante
Chiflar: Silbar.
Chiquero: Recinto cerrado para el ganado menor. Habita¬ción sucia y maloliente.
Chupilca: Harina dé trigo tostado con vino.
China: Se les dice a las mapuches.
Chorear: Rezongar, protestar.
Chonchón: Pájaro de la noche, pájaro de mal agüero; guairabo. A veces el chuncho: -se supone- que los brujos tornan su forma para ir de un lugar a otro.
Chope: Puñete.
Chopazo: Puñetazo.
Cholloncada: Del mapuche: encuclillada.
Chueco: Patituerto. Jugar chueco. Hacer trampa.
Chuico: Botellón de forma cilíndrica forrada de mimbre.
Chupa: Delator.
Chusca: Ramera.

Desenguaracar: Desenvainar.
Descomedido: Desatento, de mala voluntad. Devorado, abandonado, de desecho.
Diablo: Demonio, malo, maligno, satanás, belcebú, lucifer, luzbel
Donosa: Bella, hermosa.
Don Jecho: Dios.

Estocada: Labor de reconocimiento en las minas.
Escarchillar: Celliscar.
Embolismar: Engañar, ilusionar a alguien.
Embagunado: Embadurnado, empantanado
Encaracharse: Encararse en forma desafiante, insolentar¬se.
Enterado: Orgulloso, envanecido.

Fariseo: Algún prestamista judío, probablemente.
Forondo, orondo, ufano. Engreido
Faldearse: Defecar a consecuencia de una emoción violenta.
Fierro: Cuchillo, puñal.
Futre: Patrón, persona acomodada.
Frentón (de): Abiertamente, lealmente.

Garabato: Obscenidad, blasfemia.
Gancho: Compañero de labores en las minas.
Gangocho: Trozo usado de arpillera.
Guacho o Huacho: Huérfano. Bastardo. De padres desconocido9s.
Guaina: Voz quechua. Hombre joven, comenzando la edad viril.
Gualetazo: Aletazo, golpe de molinete.
Guargüero: Garganta, tragadero.
Guachucho: Aguardiente de contrabando.
Guarí o Guare: Cuello, garganta.
Guata: Barriga.
Guatearse: Fracasar en algo que se cree seguro.
Guatón: Panzudo.
Gloriado: Bebida que se toma generalmente en los velorios, com¬puesta de aguardiente aguado, azúcar quemada y limón.

Hedor: Fetidez insoportable.
Herramienta (tirar la): Abandonar una empresa o un propósito.
Hongo: Sombrero raído, ordinario.
Hom u Ho: Apócope de hombre, como interjección o vocativo.
Hundirse: Tarasca: Boca.

Impávido, embobado, distraído.

Jecho: Jesús.
Jeta (entregarla a Cristo): Dormirse.
Joder Molestar.

Laja: Piedra rodada, lasca.
Laboreo: Labor que se desarrolla en los socavones de las minas.
Laborero: El que dentro de las galenas tiene a su cargo la vigilan¬cia y conducción de las labores.
Launa: Laguna.
Laucha (aguaitar la): Husmear la carta que viene primero en el juego del
monte.
Lamparín: Rústico de mecha humeante sin tubo.
Lesera: Tontería.
Ley (tener a alguien): Detestarlo.
Lindura: Tratamiento irónico, despectivo.
Lianza: De liar. Liarse con otra persona en negocio al crédito.
Loro: El ladrón que se queda vigilando para dar la alar¬ma.

Macheteado: El que tiene una o varias heridas de cuchillo en la cara.
Macho: Mazo de fierro, combo.
Maguncias: Gesticulaciones, carantoñas.
Majada: Hato de cabras u ovejas
Mal impuesto: Hechizo que ejecutan los brujos contra alguien.
Malero: El que ataca a mansalva.
Mano (quebrarle a uno la): Derrotarlo.
Manso: Grande.
Mañoso: Tramposo.
Maraca: Prostituta.
Marullo: Confusión para hacer una trampa.
Marucho: Recadero en los minerales.
Mate (romper el): Desflorar. Hacer perder la virginidad a una mujer
Meica: Curandera, bruja.
Molido: Dinero sencillo. (Generalmente monedas)
Monos: Todas las prendas y utensilios de un hogar humilde.

Niñas: Prostitutas.
Niñocas: Cortesanas.
Nivel: Forma de trabajar algunas minas, por medio de galerías su¬perpuestas, cada una de las cuales recibe este nombre.

On: Don: En Chile es frecuente, aun entre la gente culta, la supre¬sión de la letra d.
Once: Refrigerio de media tarde. Otomías, picardías, maldades.
Otra Banda: Del otro lado de la cordillera; la tierra de los cuyanos.
Hablar, especialmente en los finales de palabras: fa-talidá, salú.
Otomía: Fechoría.

Para (estar de): Hallarse en receso los trabajos de una faena.
Paco: Policía.
Pagar (una apuesta): Tomarla por cuenta propia sin ser banquero. La apuesta que se desea pagar se cubre, generalmente, con la misma carta a la cual estaba jugada.
Pegar en los cachos: Acertar, dar en el punto débil a una perso¬na.
Pechoño: Católico, en sentido despectivo.
Peladero: Sitio inhospitalario.
Pelar: Murmurar de alguien.
Pelabre: Acción y efecto de pelar.
Pelucho: Desnudo.
Pera: Mentón.
Pensión: Melancolía aguda.
Piedra azul: Avaro; por el color de la piedra bruta que no rinde metal.
Piduye: Voz araucana, lombriz intestinal que produce gran come¬zón en el ano.
Pihuelo: Bebida hecha con chicha o vino y harina tostada de trigo.
Pilcha: Prenda de vestir deteriorada. Atavío del pobre. Por extensión, todas las ropas que un hombre del Pueblo lleva consigo o utiliza para dormir.
Piñen: Costra de mugre que se forma en el cuerpo, especialmente en los pies. Y en el cuello.
Pique: Labor vertical en una mina.
Piuchén o Piuquen: Especie de vampiro pequeño.
Pininos: Andar en puntillas; pinitos.
Pitar: Fumar.
Puchas: Interjección que denota sorpresa.
Pucho: Colilla de cigarro.
Puchito: Se aplica por cariño al hijo menor.
Planchón: Rocas que se desprenden de la parte superior de una galería en las faenas, mineras.
Planificar: Propinar.
Platas: Dineros. Hacer las platas: Pagar el monto de varias apues¬tas.
Plato (poner’el): Alentar, incitar.
Prosear: Tratar a alguien con altanería.
Prosudo: Insolente, arrogante.

Quiño: Golpe
Quisca: Cuchillo, puñal.

Rasca: Borrachera.

Real (caerse el): Chorrear la saliva de la boca.
Rescoldo: Ceniza caliente en donde se cuece un pan llamado tortilla de
rescoldo.
Rebuscárselas: Amañarse para lograr algún propósito.
Retén: Cuartelillo de policía.
Ronco (botarse a): Bravuconear.
Rumbear: Encaminarse hacia un sitio.

Saca: Metal que se ha extraído después de un tiro:
Santa (estar con la): Acompañarlo a uno la suerte.
Sopaipilla, Sopaipa: Masa fría hecha con harina, zapallo y agua.

Sota (tirarle las patas a la): Jugar al monte.
Sentarse (una mina): Hundirse.
Su Carrial Majestá: Su Sacra Real Majestad.

Tarasca: Boca.
Taitita: Padrecito. Tatay.
Talento: Buen juicio. Sin talento; sin seso.
Ten-con-ten: Paso a paso.
Toperol: Clavo de cabeza grande, generalmente de bronce o cobre, que se usa para proteger la suela del calzado.
Toro o Torito: Hombre corajudo.
Tue-Tue: Véase chonchón. Onomato
Tumba: Presa grande de carne que se da a los soldados en los cuarteles.
Truchimán: bribonzuelo. Trujamán.
Turumba (lo hizo turumba); Lo zarandeó a su gusto; lo hizo perder el tino

Velar (a un vivo): Protegerlo con velas encendidas y conjuros para librarlo del demonio.
Verijas (delegado de): Cobarde.
Vilote: Acobardado; de ánimo vil.
Vos: Vocativo que usa el pueblo en lugar de tú.
Voltario: Manirroto, Voltario. Atento. De buena voluntad. Asequible.

Zambada: Impulso incontenible de ira.
Zandunga: Fiesta popular muy animada. Se dice también remo¬lienda.
Zumba (de azotes): Tunda.