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Mauricio Kartun

Dramaturgo Argentino

Dramaturgo, director y maestro de dramaturgia. Ha escrito desde 1973 hasta la fecha alrededor de veinticinco obras teatrales entre originales y adaptaciones. Chau Misterix, La casita de los viejos, Pericones, Sacco y Vanzetti, El partener, y Desde la lona, y Rápido Nocturno, aire de foxtrot, son sus producciones más representadas, y publicadas, en la Argentina y en el extranjero.
Como director ha realizado el montaje de El clásico Binomio, espectáculo de sostenida presencia en festivales internacionales de la última década, La Madonnita, de su propia autoría, en el Teatro San Martín de la Ciudad de Buenos Aires y en la sala El portón de Sánchez. En la temporada 2006 estrenó en la Sala Cunill del C.T.C.B.A. su pieza El niño Argentino.
Sus obras han ganado en su país los premios más importantes: Primer Premio Nacional de Literatura Dramática, Primer Premio Municipal de Teatro, Konex de Platino, Asociación de Cronistas del Espectáculo, Clarín Espectáculos, Argentores, Prensario, Fondo Nacional de las Artes, Teatro del Mundo, Léonidas Barletta, María Guerrero, Teatro XXI, Pepino el 88, y Trinidad Guevara.
En las ediciones 1999, 2001 y 2003, Kartun se desempeñó como curador del Festival Internacional de Buenos Aires
Creador de la Carrera de Dramaturgia de la E.A.D., Escuela de Arte Dramático de la Ciudad de Buenos Aires, es responsable allí actualmente de su Cátedra de Taller y de su Coordinación Pedagógica. Es docente de la Universidad Nacional del Centro en cuya Facultad de Arte es titular de las cátedras Creación Colectiva, y Dramaturgia; en la Carrera de Promoción Teatral de la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo es titular también de la materia Escritura Teatral; y dicta en la Escuela de Titiriteros del Teatro Gral. San Martín la materia Dramaturgia para títeres y objetos. De continuada actividad pedagógica en su país y en el exterior, ha dictado innumerables talleres y seminarios en España, Brasil, México, Cuba, Colombia, Chile, Venezuela, Uruguay, Bolivia y Puerto Rico.
Alumnos formados en sus talleres se han hecho acreedores a la fecha a más de setenta premios nacionales e internacionales en la materia.
Entre sus múltiples actividades y facetas, cabe destacar su original trabajo en “Archivo Mascarita” , una tarea de “Cirujeo Cultural” como Kartún mismo lo llama.
Atraído por la Magia de los Viejos Carnavales, este autor recorrió innumerables sitios y buceó hondamente en la memoria individual y colectiva, sobre todo en aquella que tendría el destino “natural” de perderse u olvidarse. Pero Kartún recrea en su Archivo, anónimas e invalorables imágenes de los viejos Carnavales, de Ciudad, de Barrio, de Pueblo, de dentro y de fuera del alma de todos quienes la hicieron posible. Como él, quien nos permite apreciar y disfrutar a estos personajes y a estos Fotógrafos, tal vez anónimos en su identidad, pero eternos en su devenir, y en su labor de mantener, hoy y aquí, la eterna Maravilla del Carnaval.
Dice Kartún , que su colección de Fotos : “representa de manera cabal el espíritu del corso. Su multitud disfrazada, la ingenuidad de sus poses, la insondable melancolía de algunas miradas, que esos anónimos fotógrafos de barrio, con sus precarios fondos decorados y coloreados magistrales registraron con belleza, con arte, representaron esta costumbre mítica y maravillosa de ser una vez al año ese otro que se esconde detrás del antifaz”
La Muestra “Archivo Mascarita” fue presentada en la Fotogalería del Teatro General San Martín, que dirige Juan Travnik, en el año 2003.

Catálogo Mascarita

Junto disfrazaditos. Fotos de mascaritas. Fue así como conformé este archivo que en su costado más formal intenta documentar esa teatralidad popular que amo: la de los viejos carnavales, y a su artesanía mas insólita y creativa: el disfraz. Junto, digo, porque así enunciado se expresa mejor la condición lúdica de esta obsesión. Junto, como a los diez años juntaba por ejemplo figuritas. Tengo cajas y cajas. Varios miles. Un corso íntimo que monto en mi mesa cuando me da la gana, para divertirme en él como entonces, como en la infancia. Comparto con pocos la serpentina, su papel picado. Así son las manías. Me hizo feliz invitar al palco esta vez al eminente Juan Travnik para que elija de entre el desfile las fotos de esta muestra. Su selección representa de manera cabal el espíritu de ese corso, su multitud disfrazada, la ingenuidad de sus poses, la insondable melancolía de algunas miradas, pero especialmente aquí a su contracara: esos casi anónimos fotógrafos de barrio, que con sus precarios fondos decorados, y sus coloreados magistrales registraron con belleza, con arte, esta costumbre mítica y maravillosa de ser una vez al año otro tras el antifaz.

LAS MASCARITAS DEL SIGLO

Apenas llegado diciembre, los emparrados patios porteños que ya empezaban a aromar a uva chinche solían animarse al ritmo inconfundible de las máquinas de coser. Telas viejas, retazos, iban enriqueciéndose amorosamente con lentejuelas y galones en una de las más tradicionales artesanías domésticas de la primera mitad del siglo en Buenos Aires: la costura casera del disfraz de carnaval. Da pena: la pasión carnavalera que ha revivido en los últimos años con la curiosa vigencia de las murgas, no ha podido sin embargo recuperar aquel otro fenómeno entrañable de los disfrazados.
Nacida con el siglo, la costumbre del disfraz se mantuvo vigente hasta los ´60. No es que antes no los hubiese, claro: desde los primeros corsos, en 1869, las máscaras fueron su distintivo solo que uniformadas por el modelo que les imponían rondallas, orfeones, y candombes. Fue con el vendaval inmigratorio de principio de siglo que la farra desbordó todo orden institucional, la mascarita se independizó, y el disfraz pasó a ser un atributo de fenomenal creatividad individual, un orgullo familiar en el que las mujeres de la casa lucían su solvencia con el molde y la aguja. Ninguna de las versiones pret a porter que lanzaron oportunistas las tiendas tuvo éxito alguno. Ni Harrods, ni Gath y Chaves, ni Casa La Mota (…donde se viste Carlota) pudieron imponer sus disfraces de confección. Si hay miseria que no se note parecía afirmar ese artesanato que a cambio de paciencia, trabajo, creatividad, y algunos pocos pesos, le daba a nuestra gente de entonces la forma de obtener su módico reconocimiento, y su oportunidad de estar en los medios. ¿Qué otra actividad de realización casera abriría la posibilidad de un premio? ¿De qué otra manera saldrían los chicos retratados en diarios y revistas?. Con resignación aguantaban estoicos los pibes los amontonamientos en la puerta de La Prensa, o Caras y Caretas para hacerse la toma capaz de salir publicada bajo aquel título insigne: Nuestros pequeños visitantes. La misma paciencia con que hacían la fila en los estudios más populares para sacarse esos retratos que los maestros fotógrafos colorearían primorosamente disimulando con retoque cualquier defecto, copiando con rigor el color de los trajes, agregando rubor a las mejillas de ese holandés o un lunar oportuno a la dama antigua. ¿Como testimoniar sino allá en el terruño el prodigio de costura, las costumbres, el crecimiento y la belleza de los chicos, engalanados y maquillados? Colas de una cuadra en Foto Bixio, o en Pascale, bajo el sol calcinante de febrero, ese que aseguraba con el resplandor de la primera tarde los mejores contrastes en la vidriada galería de pose del estudio.
Viejas fotos. Sólo eso queda de aquella magnífica pasión por el disfraz. De pierrot, sobretodo hasta los años ´20 en que las colectividades tomaron peso propio. De allí en más predominantes los baturros, toreros, y gaiteros asturianos, las majas, gitanas, y los vascos pelotaris con sus paletas en miniatura, y su versión lechera con los tarros también en escala. Napolitanas, Damas Venecianas, y Polichinelas que certificaban el amor a Italia. Ya en los ´30, con el apogeo del cine, cowboys y chaplines, Aviadores de blancos overoles y antiparras que aparecen un día con el auge aéreo. Holandesas, chinas, y rusas de sombrero de piel. Gauchitos coloreados implacablemente de celeste y blanco. Ya en los ´40 las rumberas y cariocas, y las odaliscas, y las aldeanas, y caperucitas que se vuelven moda de un año para el otro. La fantasía en los disfraces más extravagantes: de trompo, de cigarrillo, de lámpara eléctrica, y hasta de Edificio Kavanagh con sus ventanas y todo.

Viejas fotos de mascaritas. Solo eso quedó. Los que las amamos solemos capturarlas aquí y allá. Aparecen mezcladas con postales en el Mercado de las Pulgas; en El Rastro de Madrid; o en una librería de viejo de un pueblo de la Toscana. Fechadas en Buenos Aires, en San Martín, en Rosario. Atrás unas líneas ya casi ilegibles: “Cara mamma: le invio una fotografia del mio Cesarino. Veda come cresce bello e grasso. Chi manca tanto. Sua cara figlia. Renza”. En la foto un pequeño soldadito garibaldino. Un sombrero emplumado, y una descolorida mirada melancólica.